El Boxeo es vida, vive duro

Ayer se cerró uno de los episodios más bonitos de mi vida. Ayer pusimos el punto final a muchos meses dejándonos los ojos en aparatos electrónicos, a muchos momentos de estrujarnos la mente y sobretodo a muchísimos instantes de emoción.

Cerramos las tapas de un libro que todavía no existe, que palpita todavía en nuestros corazones, como el bebé que dentro de su madre está por salir. A esas miles de palabras escritas codo con codo con mi mitad, les doy las gracias por haberme unido más a ella.

Me dice mi reina que somos viejitos para hacer cosas por primera vez, pero ahora… Ahora, no puede decir nada: aquí debutamos juntos. En este lecho nos desvirgamos. Aquí nos estrenamos en el mundo literario, apretándonos las manos.

Después de acabarlo sé a ciencia cierta que sin ella no hubiera podido hacerlo. Su paciencia, su calma, su saber ponerse en guardia delante del ordenador… El saber esquivar como nadie los momentos de frustración literaria en forma de huida de las musas por la ventana… tantas cosas que solo ella sabe cómo torear. Sin sus ánimos en los momentos de catarsis dolorosa que he sufrido escribiendo estas frases, no hubiera podido terminarlo.

Han sido meses duros, pues momentos de mi vida que tenía escondidos en el arcón han vuelto a salir a flote. Y cuando esos momentos vuelven, no lo hacen gratis. Arañan el alma y golpean el corazón, tanto, que a veces durante esos instantes pensaba ¿por qué coño hago esto? ¿por qué sacar toda la mierda que tengo dentro cuando más o menos la tengo olvidada? ¿por qué?

Y si todavía duele, es que la herida no está curada. Pues una cicatriz mal sanada no es que duela en exceso, pero molestar, molestará siempre.

Había que sacar esos fantasmas y juro que los he sacado. Por más que me apuñalaban en el estómago a cada palabra, a cada paso que los situaba fuera de su guarida y me rasgaban por dentro a cada frase, tenía que sentir lo que estaba narrando, así escribo yo, con todo, a pecho descubierto, como el salto del ángel, sin mirar atrás, descarnado.

No se si lo haré bien o lo haré mal, pero es mi estilo. Y si cuando boxeaba me llamaban el “zurdo loco”, no por atisbos de locura si no por mi poca ortodoxia en el cambio de guardias… puede que al escribir sea “Crazy Writer”.

Lo de “crazy” seguro, lo de “writer” no tanto.

Espero que quién lo lea, quién pierda su tiempo con esas páginas, se ponga unas gafas virtuales, de esas que te obligan a ponerte en el lugar de los demás. Que eso futuros lectores se abran como lo han hecho sus autores y disfruten del paseo a lo más hondo de los sentimientos.

Y si siguen con esas gafas, llorarán, reirán, se hundirán, renacerán, volarán a lugares donde nunca han estado simplemente porque son nuestros. Y esos sitios, se los regalo con las manos abiertas, encalladas de años de trabajo donde el vaivén de emociones me mantiene equilibrado.

Y le doy a este post la lírica que la prosa del libro no me ha permitido y que la editorial a sesgado a la mínima, y con razón, que yo con el verso moderno me pierdo.

Os aseguro que me he perdido muchas veces entre estas páginas, y muchas veces no me he querido encontrar. Pero ahí estaba mi Paulita para rescatarme de esos bosques sombríos donde me escondía. Pues como un buen ocho de personalidad que soy según el Eneagrama, a la señal de dolor agudo, me escondo, me aparto, me retiro, me acerco a esa montaña alejada donde como un ave fénix me reinvento a través del estudio de las cosas para volver más reforzado que nunca. Que las cosas tienen que empeorar para mejorar.

Así es la vida, dura, así es el boxeo, duro.

Por tanto no hay frase que se identifique más conmigo y con la gente de mi alrededor. No podía titularse de otra manera, no podía uno referirse a ella de otro modo. No había discusión, y si de alguna forma se puede describir mi existencia es esta, que si una teoría se construye sobre unos principios fundamentales, estos son los míos: “El Boxeo es Vida, Vive Duro”.

P.S: Tengo muchas ganas de compartirlo con vosotros.

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