El por qué de las cosas

Muchas de las cuestiones que se me plantean en el camino de mi existencia, empiezan con un por qué. Y yo, que navego siempre por estudios sociológicos, desde que me levanto hasta que me acuesto, a pesar de que sea un vicio que no lo vamos a negar, es un poco coñazo, intento dar respuesta. ¡Qué se le va hacer! Supongo que soy un poco cotilla, por llamar de algún modo a las ganas de conocer los comportamientos ajenos de esta sociedad que nos ha tocado vivir.

Si a todo ello, le sumo estas ganas de sapiencia que paseo y la educación que me han inculcado, me veo constantemente obligado a contestar todas las preguntas que me sugieren.

¿Y cuáles son las cuestiones que más me plantean en estos tiempos?

En los últimos meses hay una incuestionable y que predomina sobre el resto: ¿es verdad lo de los chicos de Hermano Mayor? ¿Son actores? Pero esta es una respuesta que me guardo para otro post…

Quitando esta cuestión televisiva, la pregunta que más martillea mis tímpanos es… ¿Cuál es la razón de que el boxeo este así? ¿Por qué el noble arte no acaba de arrancar? Y mil cuestiones sinónimas a estas, que no dejan de llegar como dardos envenenados a mi pobre corazoncito pugilístico.

Pues desde este pequeño púlpito encordado que gasto en estos tiempos voy a intentar contestar. ¡Dura pugna me espera!

La primera resolución es política… ¿cómo? – se preguntarán ustedes – ¡Por supuesto! – les respondo yo – .

Todo lo malo que pasa en nuestro país es culpa de los políticos, por supuesto. Esta lección nos la sabemos de memoria.

Pero no nos quedemos en lo superficial, ¡desentrañemos esto!:

La época dorada de este maravilloso deporte coincide con el mando al timón del Caudillo. Sí, nuestra época dorada coincide con la dictadura.

El boxeo era uno de los deportes favoritos de Franco, hasta el punto de que su médico personal era el Presidente de la Federación Española de Boxeo, Don Vicente Gil. No es de extrañar, por tanto, que en esos tiempos, los boxeadores estuvieran mimados por el mando existente.

Pero ¿qué ocurre a su muerte?

Que los nuevos tiempos progresistas, en un intento de borrar toda huella franquista, empiezan a vilipendiar los deportes favoritos hasta la fecha. Lógicamente con el fútbol no podían, así que decidieron darle fuerte al boxeo, tanto, que me los imagino diciendo: ¡más fuerte! ¡Hasta que se caigan los postes del ring!

Han pasado 40 años y todavía suena en algún libro de estilo de algún que otro periódico: no hablar de boxeo bajo ningún concepto.

A eso lo llamo yo, progresismo del bueno.

Hoy en día, nos dirigimos a otros poderes, que en algunos casos, tienen más poder que el ejecutivo, y con otros, me refiero al poder televisivo.

A mí desde pequeño me han dicho que si no sales en la tele, no existes. ¡Diantre! Y en el mundo del pugilismo es verdad, verdadera.

Cómo añoramos los viernes setenteros donde media España vivía combates memorables en blanco y negro. Como echamos de menos cuando Pilar Miró, que en paz descanse, nos alumbraba el camino con combates de Tyson y de Chávez en la 1, y qué poco echamos de menos el día que un ministro de anticultura fusiló sin miramientos el noble arte desde su púlpito ministerial, dejándonos sin todo eso que sí echamos de menos.

¿Dónde están esas noches majestuosas con la voz del maestro Ugarte y las chaquetas de Xavier Azpitarte que nos narraban el boxeo como nadie? ¿Dónde están las veladas del primer viernes de cada mes que nos regalaba el Canal Plus, antes de la famosa peli de dos rombos?… Así podríamos enumerar algunos intentos más de fructificar el mundo del ensogado en las vías catódicas. Entonces, y a pesar de esos intentos, ¿por qué se nos apagó la luz?

Muchos dicen que a la hora de producir estos eventos, las manos que los movían no eran demasiado limpias. Yo no voy a entrar en ese camino, pero ya conocen el dicho aquel que dice: que cuando el río suena, agua lleva.

Solo nos queda esperar que en un futuro, las tramas audiovisuales estén acariciadas por guantes de seda y que algunos traficantes de carne se vayan echando a un lado, porque sobrar, sobran.

El por qué de las cosas

¡Joer, macho!, ¡qué buenas películas se han hecho de boxeo!

Bueno, bueno…algunas. – Contesto yo.

Para algunos, parte de la responsabilidad del estado de nuestro deporte, recae sobre la visión que tiene el cine del mismo. Que todo el reverso tenebroso y climas oscuros que reflejan la mayoría de filmes, no nos hacen justicia. Que las cuatro últimas películas de boxeo del cine español, pasan desde retratar aluniceras a ladrones de banco o asesinos y radicales…Vamos, lo que viene siendo: lo mejorcito de cada casa.

Con estos ejemplos cinematográficos ¿qué padre valiente lleva a un gimnasio de barrio a su vástago?

A pesar de estas opiniones, yo aquí difiero mucho y en alto, pues si vamos a formalizar comportamientos por pelis, de la índole que sean, ¡apaga y vámonos!

Se nota ¿no? ¡Que si me tocan mi cine muerdo!

Podemos seguir pensando en una o mil excusas de por qué el noble arte sigue en el ostracismo. Y mientras, un compañero de profesión, ósea otro entrenador de boxeo, me pregunta: Oye Jero, ¿por qué siguen arropándonos en desidia los medios y los patrocinadores?

Este presunto compañero mío, que pregunta esta triste cuestión arropando la lírica, en verdad no tiene perdón de Dios. Pues es el que delante te da palmaditas, abrazos, besos y bondades varias, pero a la sombra de su gimnasio, delante de todos sus alumnos, te pone de vuelta y media.

Porque Señores la competitividad es algo bueno en todos los gremios y sobre todo en el de las dieciséis cuerdas, que nos jugamos nuestra belleza de combate en combate, pero ¡cuidado, que no todo vale!

Para mí, la competitividad es las ganas de ser mejor que otro, utilizando todos los recursos positivos que uno tenga, ósea, trabajar como el que más para llegar a las metas, ser generoso en el esfuerzo. Sin embargo muy cerca de esa frontera, pasea de cerca uno de los peores pecados capitales: la envidia.

Alguien dijo que la envidia es el segundo apellido del hispano y si no recuerdo mal, el mismo escritor comentó que Caín era español. Si esas palabras las regala un ilustrado para la sociedad española, ¡qué no diría de las relaciones que gastamos en las dieciséis cuerdas!

Creo que nos acercamos a la definición de envidia si decimos que es más o menos, la forma de desear algo de los demás y en vez de trabajar para conseguirlo, rendirse a no hacerlo e intentar a base de atacar a la persona envidiada, hundirla o cuanto menos ponerla a tu altura.

Y esto, por desgracia, no solo pasa en el gremio de entrenadores. Pasa en todos, desde el boxeador amateur hasta el promotor de campanillas.

Todavía recuerdo la pregunta de uno de los mejores entrenadores del mundo, al que en su momento entrevisté para mi programa, Luchadores: ¿cómo es posible que te lleves bien con todo el mundo? – me cuestionó – , y yo le dije que con todos, todos, no, pero que lo intentaba.

No por mi bien emocional, aunque procuro evitar toda la negatividad posible, si no por nuestro querido deporte, porque creo firmemente que necesita más positividad de la que tiene.

Nadie en todos estos años ha podido decir que he criticado a alguien si no ha sido delante de él. Siempre he procurado ir con la verdad por delante, por más que le pese a muchos, durante estos últimos lustros he intentado ayudar, empujar, contribuir a que este duro y arduo deporte tire para adelante. Y por mucho que critiquen, que insulten, que empujen, que provoquen, que escupan, que vilipendien, los míos y yo, seguiremos pico y pala, pues ya lo decía otro escritor inmortal: Si los perros ladran, es que cabalgamos.

Que si en el deporte más vilipendiado de la historia, ósea el nuestro, no nos ponemos a remar juntos, no apagamos y nos vamos, no. Nos ahogamos.

Que es peor.

Yo desde este pequeño cadalso de las letras, puedo, a mi manera, decapitar opiniones deleznables que no sirven para nada.

Puedo pedir y pido a todos los que nos dedicamos a este bendito deporte, que jamás en la vida, tenga que contestar cuando alguien me pregunte ¿por qué el boxeo está así? que la culpa es de nosotros mismos, que no tenga que reconocer que no nos dedicamos todos y cada uno a empujar de este carro pesado, que es el Noble Arte en nuestro país. Que no tenga que decir que en vez de empujar, lo lastramos, que con nuestras envidias estamos anclando al suelo toda posible evolución.

Lo que necesitamos es ayudarnos todos y no mirarnos de soslayo. Que este deporte ya es duro en sí mismo, no lo hagamos más de lo que ya es. Que mucha gente espera nuestra debilidad para aplastarnos y la segregación, debilita.

Estemos unidos todos y seamos generosos en el esfuerzo de comunión pugilística. Que tenemos grandes boxeadores y ellos, y nada más que ellos se merecen llegar lo más lejos posible. Y para que lo consigan, debemos partir de que la unión hace la fuerza, y que ese punto de salida sea un tatuaje sobre nuestra piel: entrenadores, mánagers, promotores, periodistas, aficionados, todo aquel que ame el boxeo, o que no lo ame pero le llame la atención, todo aquel al que le guste, o al que le haga gracia, o al menos, por tu amigo al que sí le gusta… El noble arte nos necesita a todos. Unidos. A una vez.

Para que nosotros no seamos jamás, la causa de nuestro mal. Y cuando digo jamás, es JAMÁS.

El por qué de las cosas

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