Sangre Rojiblanca

Lo primero de todo comentaros que este nuevo post, no es tan nuevo. Digamos que es un remake de otro que hice para una página de aficionados atléticos dirigida por mi amigo Sergio Medina. Pero no podía dejar de contar lo mismo que antaño, aunque de otra forma, que uno sigue sintiendo lo mismo pero lo puede trasmitir de otra manera, y más después de cien libros más en mi estantería y de haber escrito miles de páginas… Se puede decir, que tanto entrenamiento entre palabras, termina por hacer callo.

Y para callo, lo vivido estos últimos años, sí, amigos míos, que si es cierto que en mi vida atlética no he vivido tiempos mejores, también lo es, que jamás sufrí tanto y me dañaron tan profundo los resultados. Y yo que pensaba que lo había sufrido todo, desdichado de mi, no me acordaba que cuanto más subes, más grande es la ostia. Y para ostias, las que me daba la Margarita, sí, mi bendita madre cuando subía los terraplenes del Parque San Isidro después de ver el entrenamiento del Atleti. Ocho añitos gastaba el imberbe rapaz que cruzaba los semáforos de la M-30… ¡Cómo manejaba la zapatilla esta mujer! Y claro si a los ocho años era capaz de esquivar la velocidad endiablada que gastaba mi mami con los artefactos que arropan los pies, cómo no iba a dedicarme, años más tarde, al deporte por excelencia del pegar y que no te peguen: el boxeo.

Antes de esta edad temprana que negociaba tercero o cuarto de E.G.B., hubo intentos vanos por parte de familiares cercanos, a un cambio de tercio… ¡Vamos a explicarnos!

Mi tío Valentín, que Dios tenga en su reino, y mi tío Ismael, ambos madridistas de pro (porque ya les digo que esta pareja era y es más madridista que el Paseo de la Castellana) y generosos en el esfuerzo, intentaron mil y una veces que su sobrino mayor, o sea un servidor, jurará bandera blanca.

Infructuoso cometido.

No pudieron con el alma de sufridor, que se iba forjando en esos últimos años de la dictadura. Por muchos trajes de Pirri con el cuatro a la espalda que caían como regalo todos los 28 de julio, no doblegaban mi férrea voluntad colchonera y como resultado, dichos trajes, fueron utilizados más de trapos de cocina, que como vestimenta dominical.

A pesar de eso, quiero que conste en acta: jamás me he considerado antimadridista. Jamás. Al contrario, les tengo un cariño especial, no se exactamente por qué.

Puede que por tanto roce familiar madridista durante mi infancia, que ya se sabe que el roce, hace el cariño, o uno de mis refranes favoritos: no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. O puede que dormir con una madridista y embajadora de Benzema ayude o vayan Ustedes a saber, no lo sé exactamente, pero el caso es que no existe animadversión ninguna.

A la pregunta de si me gusta el fútbol, siempre contesto igual: ¡no! ¡Me gusta el Atleti! Y creo firmemente que si el Atleti no existiera, no vería fútbol.

Si, se preguntan si quien escribe jugó al fútbol alguna vez… Pues sí, y creo que a buen nivel. De hecho, tuve la oportunidad de jugar en la Preferente Madrileña. Seguro que los que saben de fútbol regional saben que no era moco de pavo.

Lógicamente el nivel que gastaba este aprendiz de escritor era gracias a mis compañeros de fatiga, que uno con el balón en los pies no era exactamente un artista, pero con el cuchillo en los dientes les juro que no pasaba ni uno por mi banda siniestra, que uno es zurdo hasta la montera.

En esos tiempos futboleros que discurrían por los campos del Tercio, mi amor por el Atleti crecía e inversamente proporcional, decrecía mi romance con el deporte rey.

En ese idilio que mantenía con el fútbol, surgió un amante que martilleaba mi corazón con fuerza.

Un amante que exigía un amor incondicional por él, una disciplina que exigía la individualidad en su máximo esplendor. Un deporte que es el máximo exponente del control. Un control individual de todo lo que gira alrededor de su competición: contrólate tú, controla al rival, controla al árbitro, controla el ring side, controla al speaker,…vamos, que tú solo tienes que controlarlo todo. Y el que mejor gestione esto, posiblemente saldrá con la mano en alto. ¡Claro! Estoy hablando de mi amante favorito: el boxeo.

Bueno, bueno… que estábamos hablando de otra cosa.

Hay un cariño especial hacia el Vicente Calderón, no solo por mis sentimientos, que los tengo, pero además porque mi origen empresarial tuvo color rojiblanco.

Los primeros negocios que enriquecieron mis bolsillos, fueron a primeros de los ochenta.

Esos paseos por la Ermita del Santo hasta el Manzanares, empezaron a abultar mis bolsillos de aquellas inolvidables pesetas. Mis regates entre los coches parados en los semáforos de la M-30, pronto tendría su premio: foto pedida al jugador y si podía firmarla, muchísimo mejor, y si no ya la firmaría yo (que uno desde edad temprana usa la estilográfica que da gusto) y vuelta.

Foto firmada, foto vendida.

¡Cómo sonaban las rubias y los duros en los recreos de Nuestra Señora de los Dolores!

Está claro que mi vida, desde sus principios, ha estado siempre, muy vinculada a la elástica rojiblanca.

Creo firmemente que parte de mi instinto de superación y la virtud de poder motivar a los chavales, tiene mucha razón de ser en mis gustos futbolísticos.

Porque, Señores míos, no nos engañemos: ser del Glorioso forja el carácter. Nos enseña que el mundo no es fácil, que la vida está llena de frustraciones, que conseguir un triunfo nos obliga a trabajar el doble, que en un lance de juego la moneda siempre nos sale de cruz, que consigue que amemos más a un equipo que al juego en sí, que nos provoca un cosquilleo cada vez que entramos a su estadio, que se nos ponen (al menos a mí) los pelos como escarpias al cantar el himno al unísono con el coro oficial de 55.000 almas, que no hay palabras para describir tal torrente de emociones.

A veces pienso que ser del Atleti es una forma extraordinaria de ser masoquista. Que es tener ganas de sufrir innecesariamente. Que es ser generoso en el sentimiento por encima de la razón.

Creo que vivir al lado del rio me hizo ser fuerte ante la adversidad y como dijo el gran Lope me hizo olvidar el provecho y amar el daño.

Ese daño profundo que me martillea el sentido al recordar lo que pudo ser y no fue con las dos Champions.

Esas heridas sangrantes que adornan mi coraza de cicatrices, heridas que borbotean hematocrito revoltoso y sin ponerme muy poético, que me estoy poniendo…

No sé si tengo glóbulos rojos, no sé si tengo glóbulos blancos, (¡esos seguro que no!), no sé si tengo plaquetas… Lo único que sé, es que mi sangre no es roja, no. Mi sangre es ROJIBLANCA.

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